Un álbum familiar, por lo menos en mi casa, siempre fueron fotos agrupadas alrededor de momentos precisos. Cumpleaños, fiestas, bautismos, casamientos, vacaciones. Instantes que, casi sin discusión, parecían merecer ser guardados.
Pero la memoria no vuelve sobre lo mismo. Ajusta, desplaza, completa. Insiste menos en lo que fue que en lo que todavía puede hacer con eso. No se sostiene únicamente en lo señalado como inolvidable; también se arma en lo que no parecía destinado a permanecer.
Son esos otros momentos —los intermedios, los que no se marcan— los que abundan. Los que quedan por fuera de esa selección casi automática, pero sostienen todo lo demás.
Entonces aparecen otras preguntas. No tanto sobre lo que falta, sino sobre lo que queda entre medio. Sobre esos momentos que no se fijan tan fácil, que no se dejan encerrar en una escena única. Qué pasa cuando no se cierran, cuando no terminan de decir lo que son.
Ahí, la necesidad de ordenar, de nombrar, de confirmar, empieza a aflojarse. La imagen deja de sostenerse en la certeza de “este es tal” o “acá pasó esto”, y se mueve hacia otro lugar. Más abierto. Menos resuelto. 
De hecho, a veces, como en los sueños, puede que esas imágenes incluso tengan un orden distinto al que presuponemos, el recordar conlleva consigo la responsabilidad de generar esa memoria.
Back to Top