Entre rutinas apretadas, batallas diarias y el cansancio que acarreamos, cada uno arma sus propios refugios personales. No siempre son lugares físicos: a veces son una constante superposición de experiencias, recuerdos, símbolos y afectos que se acumulan, conviven y se transforman con el tiempo. Pequeños altares íntimos dentro del cotidiano argentino que uno inventa para sostenerse cuando todo lo demás se mueve.
Lo que nos calma, lo que nos ordena, lo que nos devuelve una forma de pertenencia. ¿En qué elegimos creer para seguir adelante? ¿Qué pequeño dios construimos para que la vida cotidiana sea un lugar habitable? 
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