Entre rutinas apretadas, batallas diarias y ese cansancio que acarreamos, cada persona arma sus propios refugios personales. No siempre son lugares físicos: a veces es una costumbre mínima, un objeto, un recuerdo, un gesto repetido. Esos pequeños altares íntimos dentro del cotidiano que uno inventa para sostenerse cuando todo lo demás se mueve.
Lo que nos calma, lo que nos ordena, lo que nos devuelve una forma de pertenencia. La pregunta, entonces, es menos religiosa y mas humana ¿en qué elegimos creer para seguir adelante? ¿Qué pequeño dios construimos para que la vida cotidiana sea un lugar habitable?